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Entre nosotros · Spanish B1
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Nuestra escuela está en un castillo, por encima de los campos y el bosque. Dicen que es la más de . Es 1985 y se supone que debemos creer que aquí todos somos iguales.

Algunos chicos han llegado gracias al dinero de sus familias. Otros tienen padres con . El mío trabaja en una . Yo estoy aquí porque se me dan muy bien las matemáticas.

Todos tenemos al menos dieciocho años y estamos en el último curso. En este solo hay chicos. Aunque ya soy adulto, me siento pequeño al seguirlos hacia la entrada.

Camino más despacio junto a la puerta, aunque sé que no puedo quedarme fuera. Odio este lugar.
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Ser inteligente puede resultar peligroso aquí.

El profesor ha traído un problema de la universidad. Cuando me pide la respuesta, ya lo he resuelto.

«¿Matthias?»

La última vez que acerté, Felix me llamó el favorito del profesor. Rolf me pegó después de clase.

Miro mi solución. Encontrar la respuesta correcta es fácil. Lo difícil es vivir con ellos después.

«Eh… ¿cero?», digo, aunque sé perfectamente que no lo es.
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«Mal», dice el profesor. «Quizá deberías trabajar más».

Rolf da una patada a mi silla. Felix quita el de su . Me aparto y levanto el para bloquearle la mano.

«¡Para!»

Antes de que pueda apartarlo, sacude la con un movimiento rápido. Una línea irregular de negra cruza mi camisa blanca.

«Cuidado», dice Rolf. «Es la única que tiene».

«Compra otra. Ah, no, tus padres no pueden ».

Felix vuelve a poner el . Me cierro la vieja chaqueta para esconder la mancha. Mi madre la la semana pasada; ahora me da vergüenza llevarla.
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Aprieto el pulgar contra la parte de la chaqueta que mi madre ha arreglado. Sus son pequeñas y cuidadosas. Mantengo la chaqueta cerrada sobre la mancha de .

Odio estar aquí. Si doy la respuesta correcta, me pegan. Si doy una incorrecta, me pegan de todas formas.

Había pensado que llamar menos la atención podría ayudar. Ahora me quedo muy quieto y espero a que termine la clase.

Nunca cambia nada.
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Unos golpes en la puerta interrumpen las risas. Cuando el profesor abre, aparece un joven con el abrigo sobre un brazo. Su pelo rubio todavía está mojado por la lluvia.

«Adrian. Nuestro nuevo alumno».

«Su abrigo es aún peor que el tuyo», me susurra Rolf.

Levanto la cabeza, casi sin querer. No sé por qué lo han elegido para estudiar aquí, pero me alivia que hayan dejado de mirarme.
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«Siéntate junto a Matthias», dice el profesor.

Adrian se sienta, ve la de mi camisa y me ofrece un . Por un momento estoy a punto de cogerlo. Entonces veo a Felix observándonos.

«No lo necesito».

Adrian baja la mano.

«Y compartiréis la habitación catorce», añade el profesor.

Mi habitación.

Felix hace el sonido de un beso. Algunos se ríen.

. Hasta ahora podía cerrar la puerta y librarme de ellos al menos allí. Mañana tendrán un nuevo motivo para reírse de mí.
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Para el jueves, todos tienen una historia sobre Adrian, aunque nadie parece saber de dónde han salido.

«Su padre era soldado», dice Rolf en el pasillo. «De una de esas unidades especiales».

«Está muerto», añade otro alumno.

«¿Quién os lo ha contado?»

Nadie responde. Al fondo del pasillo, Adrian camina solo con el negro bajo el brazo. Nunca lo he visto sin él.

Tiene diecinueve años, solo uno más que yo. Aunque compartimos habitación, sé casi tan poco sobre él como los demás.
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Durante la comida, Felix aparta la bolsa de la silla que tiene al lado.

«Siéntate aquí, Matthias».

Su padre es un alto de . Quizá eso explique por qué Felix lleva ropa nueva y nunca parece preocuparse por las normas.

Los sábados voy a su casa para ayudarlo con matemáticas. Sin embargo, en la escuela suele comportarse como si yo no existiera.

Busco en su cara alguna señal de que esto sea otra broma. Una parte de mí quiere creer que esta vez va en serio, pero dejo la bolsa sobre las rodillas al sentarme. Estoy preparado para marcharme.
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«No suelta ese », dice Felix. «¿Qué escribe? ¿Cuánto a su mami?»

Se vuelve hacia mí. «Cógelo, Matthias. Haz algo interesante por una vez».

Adrian nunca me ha dado un motivo para hacerle daño. Estoy a punto de decirlo cuando Felix me pone una mano en el hombro.

Es un gesto pequeño, pero no recuerdo la última vez que alguien me tocó sin intención de hacerme daño.

Dejo pasar el momento en que todavía podría decir que no.
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Después de clase, Adrian deja el en la mesa junto a su cama, en la habitación catorce.

«Voy a lavarme las manos».

Cuando se cierra la puerta, mantengo la mano sobre la tapa sin tocarla. Podría dejarlo allí y decirle a Felix que lo cogiera él mismo, si tanto le interesa.

Sin embargo, recuerdo su mano en mi hombro y el sitio que me ha hecho durante la comida.

Cojo el y salgo de la habitación sin abrirlo.
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Felix espera cerca de la escalera. Camino hacia él con el cerrado, apretado contra el .

Adrian no ha hecho nada para merecer esto. Todavía podría dar media vuelta, devolverlo a la mesa y fingir que nunca lo he tocado.

Pero quizá, después de esto, Felix deje de tratarme como alguien a quien él y Rolf pueden pegar cuando les apetezca.

Sigo andando. Quiero creer que una mala acción puede comprarme un poco de paz.
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Antes de llegar a la escalera, me detengo junto a una ventana del pasillo. Estoy solo. Probablemente debería mirar dentro antes de entregárselo a Felix.

Una taza, una ventana, nuestro profesor con expresión de cansancio en lugar de enfado. Son cosas corrientes, pero Adrian ha conseguido que quiera mirarlas otra vez.

«Son preciosos», susurro, sorprendido por mis propias palabras.

Paso la página y encuentro mi cara. En la camisa está la línea de del lunes. Reconozco cada detalle, pero no parezco tonto ni débil.

Parezco alguien que merece ser dibujado.

¿Cuánto tiempo llevaba observándome?
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Cierro el y continúo por el pasillo. Felix y ya tiene la mano extendida.

«¡Lo tienes!»

Dudo y me aprieto el contra el pecho. Hace unos minutos quería entregárselo; ahora no puedo.

Adrian aparece detrás de él. Antes de que pueda explicarme, pasa a su lado y me lo arranca de las manos. No esperaba que se moviera tan rápido.

«¡, nuevo! ¡!», grita Felix.

Adrian me mira una sola vez. Casi desearía que me gritara.
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Esa noche estamos en nuestras camas separadas, en la habitación catorce. Adrian acerca la mano al interruptor.

«No se los he enseñado», digo. «Los dibujos».

Su mano se detiene. Por un segundo pienso que quizá se vuelva hacia mí. Quiero que sepa que Felix no ha visto las imágenes, aunque fui yo quien robó el .

«Buenas noches, Matthias».

La luz se apaga. Me quedo despierto, escuchando el silencio entre nuestras camas.
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El viernes llevamos las por el gimnasio. El profesor de deporte espera a que las hayamos colocado.

«Elegid pareja».

Felix levanta la mano antes de que nadie más pueda hablar.

«Señor, yo con el nuevo».

Mira a Rolf y ambos sonríen encantados. He visto esa sonrisa suficientes veces para saber qué significa.

Adrian se limita a dar un paso hacia delante. Me pregunto si él también la ha visto.
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Adrian se quita la camiseta de deporte. Felix hace lo mismo y camina hacia la sin dejar de sonreír.

Ya me había fijado en las manos de Adrian cuando dibujaba. Ahora me fijo en sus hombros, su pecho y la seguridad con la que se mueve.

Aparto la mirada antes de que alguien me pille observándolo. Después vuelvo a mirar.

La sonrisa de Felix ha cambiado. Por un momento parece menos seguro de lo que va a pasar. Luego levanta la barbilla y se coloca frente a Adrian.
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El profesor da la señal. Felix se lanza hacia Adrian, que gira con él en lugar de intentar detenerlo.

Un instante después, Felix está de espaldas sobre la . Adrian lo sujeta con firmeza y mantiene el equilibrio sin esfuerzo aparente.

El profesor levanta una mano. El combate ha terminado y Adrian ha ganado limpiamente.

Casi sonrío. Felix estaba convencido de que todos acabaríamos riéndonos de Adrian.

Ahora mira a los otros chicos antes de mirar al hombre que lo ha vencido.
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«Otra vez», dice Felix. «No estaba preparado».

Rolf cruza una mirada con él y corre hacia la puerta.

«¡Señor! ¡Alguien está en los baños!»

El profesor nos manda esperar y sale al pasillo. Rolf le señala el camino, pero no lo acompaña.

Espera hasta que el profesor desaparece al doblar la esquina. Entonces vuelve a mirar hacia la .

La preocupación ha desaparecido de su cara. Debería haberlo entendido antes.
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Felix ataca antes de que nadie dé la señal. Cuando Adrian se vuelve hacia él, Rolf lo agarra del desde un lado. Entre los dos lo obligan a caer sobre la .

Felix le tuerce el brazo derecho detrás de la espalda mientras Rolf le sujeta el . Adrian golpea la con la mano izquierda, que tiene libre: es la señal para parar.

Felix mira directamente esa mano. Es imposible que no la haya visto. Aun así, tira con más fuerza.
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«Suéltalo», digo.

Adrian vuelve a golpear la , con la cara torcida por el dolor. Sé qué ocurrirá si me meto. Solo tendría que sentarme y fingir que no he visto nada.

Entonces Adrian me mira.

Ya le he fallado una vez. Entro en la y aparto a Felix. Rolf suelta el de Adrian.

«El chico de la ». Felix se vuelve hacia mí.

Otros tres chicos se levantan y se unen a él y a Rolf. Ahora son cinco los que me rodean. Adrian sigue en el suelo detrás de mí.
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Felix me da un puñetazo en la boca. Noto el sabor de la sangre antes que el dolor en el . Alguien me agarra por el cuello de la camiseta gris y tira de él. Rolf me derriba. Mi izquierda golpea el suelo.

Cinco chicos me rodean. Me protejo la cabeza con los brazos mientras me dan patadas en el . Cada vez que intento moverme, otras piernas me cortan el paso.

Adrian se abre camino para protegerme. Felix le golpea la derecha con el .

«¡Parad!»

El profesor ha vuelto. Los chicos se apartan enseguida.

«Ellos han empezado, señor», dice Felix, tan tranquilo como si solo hubiera estado mirando.
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Adrian y yo seguimos sentados en el suelo cuando el profesor llega hasta nosotros. Me sale sangre del . Mi izquierda se está y Adrian se tapa con una mano la zona sobre el ojo derecho.

El profesor se queda de pie, por encima de nosotros.

«Mirad cómo os habéis puesto».

«No hemos empezado nosotros», digo.

«Basta, chico de la . Esto es una escuela, no el de tu padre».

«Me estaba ayudando», dice Adrian, pero el profesor ya ha decidido.

«Castigados. Los dos. Todas las tardes de la semana que viene».

Ninguno se levanta. Él espera una respuesta que no puedo darle.

«Vosotros dos vais a pasar mucho tiempo juntos».
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